No quiero regalos. Me inventaré una alergia al chocolate, las
flores y la gente arrodillada si es necesario. No quiero cajitas, arroz
cayéndonos encima ni historias de naranjas mal cortadas y almas buscando al que
murió durante un parto para encontrarle y convertirle en siamés. No quiero
cepillos rosas en mi baño, ni violines, ni París ni Venecia, ni conocer tu
ciudad ni a tus padres, no creo en los castillos ni en princesas que necesiten
besos para despertar. No quiero blandeces, no te adaptes a mí ni te erosiones
con los choques, ni te enfades por la distancia de seguridad que querré de vez
en cuando. Que nuestras manos no encajen, que mi hombro no te sea cómodo, que
odies cómo bailo, que odies cómo escribo, que te rías de cómo hago todo. No
quiero saber el nombre de tus futuros hijos, ni que lleven mis apellidos y su
padre lleve mi nombre. No quiero exclusividades, quiero alquiler con opción a
compra nunca llevada a cabo, no quiero escribirte solo a ti, no quiero amores
con complejo de jaula con los posesivos y el verbo tener como barrotes. Quiero
que entiendas que nuestra relación si algún día es, será a tres, que no pienso
abandonar a Soledad por ti, ni bailar Joy Division agarrados, ni acordarme de
ti escuchando algún grupo romántico de los ochenta. Pero que tengas claro que
si hay algo que quiero es a ti y a este puto miedo a tu potencial de cambiar
todo lo antes dicho.

No hay comentarios:
Publicar un comentario